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Cultura y Opinión
La profesión correcta para textos incorrectos
Por Jairo Cala Otero
Periodista Autónomo- Cultor del español

Una profesión que todavía no se reconoce en Colombia es la del corrector de gramática y estilo. A ella me dedico desde cuando dejé por voluntad propia el ajetreo con las noticias en los medios periodísticos. El desconocimiento de esa actividad quizás se deba a dos razones, esencialmente: porque no somos muchas las personas dedicadas a ella; y porque siendo tan reducido el número de quienes corregimos los errores de otros quizás algunos deduzcan que lo que nosotros hacemos es un pasatiempo, o una opción de ocio para no «morirnos de aburrimiento». Ambos razonamientos son equivocados. 
Porque corregir textos para depurarlos de imprecisiones y deslices gramaticales, y para mejorar el estilo en el enfoque de las ideas, no es un asunto fácil. Es tan especializada esta actividad que, precisamente, por esa misma razón no somos muchos los especialistas en tal materia en Colombia. Al conocimiento, adquirido mediante estudio y mucha práctica, hay que añadir amor y gusto; si no se aman las letras y no se tiene gusto por lo que con ellas se puede hacer, no habrá texto que llegue al alma de un corrector de gramática y estilo. Sin embargo, sé que uno que otro por ahí no reúne este último requisito. Por eso también se les cuelan errores en los textos que dicen corregir.

La corrección de cualquier texto es un arte que consiste en limpiarlo o depurarlo de la fealdad que nace de la mala escritura de su autor, para ponerlo reluciente, inteligible y menos farragoso para su lectura. Y aunque esa es una labor indispensable en el proceso editorial, en Colombia no se la aprecia aún, más bien se la desdeña. En periódicos y revistas, incluidos los de «alto vuelo» y larga trayectoria, prefieren arrostrarse la comisión permanente de errores de gramática porque no cuentan con un corrector especializado que les dé esplendor a los textos que mal escriben sus redactores de base.

Algunos hay que quieren apelar al servicio de un corrector de gramática y estilo, pero sin contemplar en su cerebro un pago económico por él, ¡lo quieren gratis! Como si, repito, no se tratase de un trabajo tan digno y de relieve como el de un arquitecto, un ingeniero, un psicólogo u otros profesionales. ¡Ni para qué contar las embestidas que a mí me hacen en ese sentido!

El Primer Concilio Nacional de Correctores de Estilo (México, 25 y 26 de octubre/14) abogó porque se unifiquen esfuerzos privados y gubernamentales para hacer de la corrección de estilo una profesión con identidad, que sea reconocida en el ámbito laboral y que sus oficiantes, capacitados con estándares de calidad, percibamos lo justo por el trabajo que realizamos. ¿Tendrá eco ese propósito en Colombia? ¿Algún funcionario emperifollado se enterará que existimos quienes embellecemos textos que están deslucidos y mal concebidos?

Cuando leí esa última parte en un informe posterior al citado concilio de correctores en México, recordé de inmediato al ya desaparecido académico y exministro de Estado, el santandereano Alfonso Gómez Gómez, quien el 23 de abril de 2009, cuando ingresó como miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua, propuso que en las empresas se contrataran los servicios de los correctores de gramática. Dijo ese día:

«Una conclusión práctica, aquí y ahora, es la de proponer, señor gobernador, señor alcalde, señores orientadores de la vida académica y directores de publicaciones, que los documentos emanados de sus oficinas estén redactados en el mejor idioma, porque no solamente transmiten órdenes para cumplir, sino que han de ser modelos edificantes, docentes, con el manejo esnerado del idioma que ha dado prestigio a Colombia, y nos ha hecho sentir en el exterior el orgullo de ser colombianos. Bastaría tener revisores idiomáticos en cada oficina y centralizar los servicios de información al público. Porque la lengua es importante activo cultural, económico, político, en fin, útil para una sociedad, para un Estado; la extinción de una lengua y su defectuosa utilización inciden en su decadencia». (El subrayado es mío).

Hoy, avasallados como estamos por la información de toda índole que circula por la red global de comunicaciones, es vital resaltar la importancia que tiene la labor del corrector frente a las publicaciones en Internet. Si antes de subir un texto se lo sometiese a la revisión pertinente (como se revisan productos materiales: gaseosas, pasabocas, comidas, confecciones, etcétera) la calidad de lo que allí leemos sería estupenda; los anunciantes aumentarían y, en consecuencia, también aumentarían los ingresos económicos. En las publicaciones impresas funcionaría con mayor razón esa filosofía sobre la calidad de los textos publicados. 

Una infidencia profesional: cuando he propuesto ese esencial servicio a los directores de medios informativos de ciudades colombianas no me responden, ni siquiera para decirme que no les interesa. Entran en silencio de sepultura. He llegado a concluir que los destinarios de la propuesta se sobrecogen de vergüenza por tener a su servicio malos redactores, o de ser ellos los autores de artículos gramaticalmente mal redactados. 

Olvidan con gran descuido que entre los lectores hay gente avispada: caza al vuelo todos esos errores, y critica con inclemencia la mala calidad de la publicación. Esas voces, multiplicadas en cada esquina y en cada oficina, le causan daño a la imagen de la publicación; y esa imagen empañada es la peana sobre la que se paran los anunciantes para decir no cuando les proponen que publiquen sus anuncios comerciales en ese medio impreso de mala presentación. Simple, ¡pero muchos todavía no lo entienden!

Para no hacer más largo este artículo, omito los testimonios de algunos universitarios que lograron depurar sus tesis de grado después que se las habían devuelto hasta tres veces porque contenían graves errores gramaticales; y de profesionales que salvaron un posgrado o una maestría por la misma razón; y de comunicadores inexpertos que pueden quedar bien ante sus jefes porque tienen el apoyo en redacción; y los ejecutivos que pueden clarificar sus ideas para un discurso, que, finalmente, es premiado con sonoros aplausos. 

Detrás de todo ese mundo de palabras he estado yo, en silencio; porque aquellos han sido probos y recursivos al usar el servicio de corrección gramatical y de estilo para sus escritos. Es como acudir adonde el mecánico cuando el automóvil se vara por una falla cualquiera. 

¡La corrección está servida, pues!

JAIRO CALA OTERO / letrasymensajes@gmail.com