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Cuando visite a Pasto, no olvide ir a EL PAYANES, ricuras para toda la familia. El Vergel

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Cultura y Literatura
Juan Sebastián Cárdenas y ''su más reciente fracaso publicado'': Los estratos
"No obstante a que ninguna de mis novelas transcurre en Popayán supongo que hay mucho de allí, porque se trata de un lugar extraño en el que pese a su conservadurismo y rancia aristocracia, el Cauca es la región que tiene mayor presencia de movimientos sociales
 y es una especie de laboratorio político"
Fotos: Milton Ramírez, 
Grupo de Divulgación y Prensa MinCultura / @fotomilton

Texto: Juan Carlos Millán Guzmán

Luego de pasar varios años fuera del país, el autor Juan Sebastián Cárdenas regresó a Colombia, donde tuvo la oportunidad de presentar su novela en el marco de la Feria Itinerante de Libreros que se realizó en Villavicencio con el apoyo de MinCultura. ''La vida de un escritor suele ser muy aburrida y solitaria –vivimos encerrados trabajando-, de manera que este tipo de eventos son muy chéveres para salir de ese encierro'', destacaba en aquella oportunidad Juan Sebastián Cárdenas (Popayán, Cauca, 1978), a lo largo de una entrevista celebrada con ocasión de su participación en la Feria Itinerante de Libreros Independientes. Charla que vuelve a cobrar vigencia tras resultar elegido ganador del Premio Otras Voces Otros Ámbitos, otorgado a la mejor novela de culto publicada en España durante 2013.
''Creo que en eventos como la Feria Itinerante de Libreros Independientes la conexión con el público no es tan evidente y momentánea como podría parecer. Es muy probable que muchas de las personas ni siquiera hayan leído el libro, en la medida que muchos de ellos terminan asistiendo a este tipo de charlas por pura casualidad, y la relación se establece de otra manera'', afirmaba el escritor en aquella oportunidad, para quien si bien este tipo de escenarios no dejan de ser eventos sociales, si que ayudan a fomentar el gusto por la lectura.

''El proceso de lectura tiene una serie de fases y de tiempos, que no deben estar sujetos a ese primer encuentro cara a cara; en esa medida habrá lectores que puedan reseñar el libro en su blog y otros espacios similares. La literatura es un proceso que tiene plazos mucho más largos'', explicaba.

''Yo he sido insomne toda mi vida, y recuerdo como algo muy cercano al placer pecaminoso, estar hasta muy tarde –algo así como las 2:00 de la mañana, cuando todos dormían- leyendo en mi cama libros como Los cuentos de la selva, de Horacio Quiroga, Kipling o Lewis Carrol, además de muchos cómics –me encantaba Condorito-. Sobre mi cama había siempre un montón de libros'', recuerda.

¿Qué libro van a tener la oportunidad de conocer los espectadores?
Se trata de mi última novela: Los estratos.

Juan Sebastián interrumpe la entrevista y pide que preferiría evitar que se le tomaran fotos con lo que define como un hijo monstruoso.
Es un calificativo curioso…Lo hago de manera calculada, y es que soy muy fanático de un escritor polaco que se llama Witold Gombrowicz, que en el prólogo de una en sus obras maestras –Ferdydurke-, habla justamente de la tensión que existe entre lo monstruoso y la forma; situación que a mi juicio es en últimas lo que se juega en literatura, en la medida que si bien hay avances, también se presentan muchas derrotas. ''Fracasa mejor'', decía Beckett.

¿Por qué habría de interesarse el lector en lo que usted define como ''su más reciente fracaso''?
El papel del autor no debe ser el hacer promoción de su libro, y aquí hay una búsqueda radical y muy seria, en el sentido de querer entablar un diálogo con la tradición literaria. Es un libro escrito por un lector, como por otra parte suelen ser la mayoría de obras si lo pensamos bien.

¿No es algo arrogante de su parte asumir este tipo de posturas tan radicales?
Yo creo en la labor pedagógica y de difusión, me parece importante la conversación y el contacto con la gente. Pero no creo en las conductas complacientes del escritor, el lector o el difusor; y no lo hago porque considero que la literatura no es un asunto fácil o que deba tomarse a la ligera, y eso es algo que creo yo pasa hasta con el fútbol, si se quiere.

Hay que saber un poco de la historia de este deporte para poder hablar con suficiencia; aunque cualquier pendejo resulte hablando de fútbol. Y de literatura… ¡Pasa todo el rato! Y yo no soy un vendedor ambulante que regala bombones para meterse a la boca.

¿De qué trata Los estratos?
Los estratos parte de una idea muy sencilla sobre un hombre de clase media alta venida a menos en una ciudad cualquiera deAmérica Latina que no tiene nombre, en la que este personaje comienza a exhumar un recuerdo que tenía reprimido y que parece cobrar forma, hasta materializarse en la necesidad de reencontrarse con su nana negra que lo cuidó en su infancia; lo que me permitió explorar esas relaciones de desigualdad tan profundas que se viven aquí todo el tiempo.

Comencé a escribirla en España y la terminé en Berlín, pero todo el tiempo estaba pensando en Colombia; de hecho hay un diálogo muy directo y hasta explícito con La Vorágine de José Eustasio Rivera, y que por cierto me parece la mejor novela colombiana de todos los tiempos.

¿Y María?
Yo tenía a María como un referente escolar más bien vago y olvidado; pero hace unos años lo volví a leer, y me pareció un libro muy extraño, lleno de sugerencias gratuitas en el que hay una serie de referencias a la relación entre amos y servidumbre que resulta inverosímil por lo extremadamente idílica, en el marco de la que se desarrolla toda una tragedia producto de un efecto sin causa.

En La Vorágine, el personaje central termina consumido por la selva y la violencia. ¿Ocurre lo mismo en Los estratos?

No, mi intensión no era contar ese tipo de hundimiento, sino más bien la de dar cuenta de cómo ese proceso podía ser también una manera de salvación individual y colectiva.

¿Qué tan presente está en esta obra un pueblo como Buenaventura?
Hay dos lugares en los que yo pensaba de manera concreta a la hora de escribir este libro: Cali y Buenaventura; pero en mis novelas, tanto ésta como en la anterior, me propuse una restricción que a fin de cuentas ha resultado ser muy liberadora. Aquí no hay nombres, y eso me permite deformar personajes y escenarios a mi antojo.

¿Aparte de Villavicencio, dónde más ha tenido la oportunidad de presentar su novela?
Este libro se ha presentado en Berlín, Madrid y Buenos Aires, países en los que ha tenido una muy buena respuesta, pese a que el contexto no en que se desarrolla la obra no tiene nada que ver con estas ciudades.

No deja de ser curioso que mientras allí su obra ha tenido un reconocimiento notable, acá en Colombia más bien ha pasado desapercibida…

Creo que la literatura colombiana, en general, tiene muy malos mecanismos de legitimación; de manera que al no confiar en nuestras propias obras la crítica es muy mala y en muchas ocasiones prácticamente inexistente. De tal manera que el público permanece a la expectativa de que algo reviente afuera para luego asumir que es bueno.

En Colombia todavía no hay una preocupación para adelantar una lectura seria de los libros –tanto de los que se producen aquí, como de los que vienen del resto de América Latina o España-, de manera que nos comportamos como consumidores pasivos.

Eso ha sido una constante, salvo épocas muy puntuales a las que ojalá volvamos algún día, en las que revistas como Mito o Ecotenían mucho más interés por la literatura gracias a críticos como Hernando Valencia Goelkel, Ernesto Volkening, el propioGaitán Durán o Rafael Gutiérrez Girardot.

¿Qué factores diría usted que han propiciado ese estado de cosas?
Aunque no sabría hacer un diagnóstico, creo haber identificado dos vertientes del problema: una es la pobreza de de los pénsums educativos en materia de literatura que en general son muy malos, porque los alumnos que salen de allí tienen la idea de que en América Latina todo era una anécdota hasta que llegó el Boom a salvarnos de la barbarie, o desconocen los movimientos vanguardistas de los años 20 así como la literatura del siglo XIX.

Por otro lado, con la desaparición de las editoriales independientes acá en Colombia y la llegada de los grandes consorcios españoles que además coincidió con la desaparición de los suplementos culturales, a mediados de los noventa, de repente convirtió todo el mercado en una dictadura de las grandes editoriales.

Fenómeno que se ha ido revirtiendo en años recientes… De ahí la importancia de la aparición de las editoriales y las librerías de carácter independiente, porque a pesar de lo mucho que se ha avanzado todavía falta mucho por hacer.

¿Qué tanta diferencia hay entre los lectores de España y los de acá?
Yo trabajé durante muchos años como librero en las librerías Fuentetaja –que cerró- y en la Antonio Machado –que es una de las más importantes-, y ese contacto me permitía ver que había lectores de calle y aficionados muy buenos, que también he visto acá. Lo único triste es que eso no se traduzca a nivel de la crítica, pero gente de un gusto exquisito los hay también acá en Colombia.


Constelación de autores
¿Se siente vinculado a algún tipo de tradición?
¡Por supuesto! Yo hago parte de una tradición latinoamericana que le debe mucho a una serie de escritores que en su momento se consideraron menores, pero que con el paso de los años y el desarrollo de las literaturas en idioma español han dejado de serlo, para conformar toda una constelación.

Son muchísimos, pero para poner algunos ejemplos me referiría al ecuatoriano Pablo Palacio, el argentino Macedonio Fernández, el chileno Juan Emar, el brasileño João Guimarães Rosa, el salvadoreño Salvador Salazar Arrué, el uruguayoFelisberto Hernández –a quien nunca hay que dejar de lado-. O referentes colombianos como José Felix Fuenmayor.

¿Qué tanto daño le hizo el Boom a estos autores?
A mí no me gusta hablar mal del Boom, porque considero que en muchos sentidos fue bueno. Y porque autores como Borges uOnetti quizá no hubieran tenido la proyección que le dio el arrastre desea ola que generó el Boom.

Por otro lado, creo que ha habido una serie de efectos colaterales, entre los cuales el más preocupante es el que mencioné, porque de repente se generó un canon capaz de oscurecer toda esa constelación de autores, además de afectar a toda una serie de autores posteriores. 

Estoy hablando, por ejemplo, del mexicano Sergio Pitol –quien aparte de ser un magnífico traductor es un excelente escritor que además recoge toda esta tradición de la que hablábamos-.

Están también autores como Salvador Elizondo o Roberto Bolaño, Piglia, Villa-Matas y Rodrigo Rey Rosa, quienes supieron reconocerse en esa tradición y que de alguna manera evitaron doblegarse ante ese canon impuesto por el mercado.

Aparte de este interés por estos escritores latinoamericanos usted mismo ha sido traductor de escritores como Eça de Queirós o Conrad. ¿Qué otros autores distintos a los latinoamericanos han llamado su atención?

A mí me interesa mucho la literatura polaca: Gombrowicz, Bruno Schulz, además de algunos autores más bien poco conocidos de la literatura checa: Karel Čapek. Thomas Bernhard es también un autor que leo con mucho interés, al igual que Samuel Beckett.

¿Hay una génesis de esta constelación de autores?
Aparte de las listas y listas de autores que podríamos hacer –y que yo particularmente detesto porque no me parecen muy útiles-, para mí resultó de especial importancia dar con dos autores a una edad muy temprana que se convirtieron en una herramienta de lectura: Jorge Luis Borges y Walter Benjamin, debido a que los dos tienen una cierta manera de leer que funciona como una auténtica máquina de lectura, que me llevó a construir la mía.

Un autor es un lector, y lo que va a encontrar el lector de mis libros son todas esas lecturas que inevitablemente están allí. Yo crecí en una casa llena de libros y mis papás estaban muy ligados a los círculos intelectuales que había en la ciudad y en la región, de tal manera que por allí pasaba gente muy brillante.

El regreso
¿Qué lo hizo volver a Colombia?
Más que volver a Colombia mi intención era regresar a América Latina porque soy una persona incapaz de pensarme circunscrito a un entorno estrictamente nacional. Y la razón es que después de muchos años viviendo en Europa como una suerte de exiliado eterno, quería comenzar de nuevo no obstante a que acá también me siento extranjero, porque además –yo soy de Popayán- siempre he considerado a Bogotá como una ciudad de paso, y siempre estoy mirando todo desde la puerta de atrás.

¿Qué tanto hay de Popayán en su obra?
No obstante a que ninguna de mis novelas transcurre en Popayán supongo que hay mucho de allí, porque se trata de un lugar extraño en el que pese a su conservadurismo y rancia aristocracia, el Cauca es la región que tiene mayor presencia de movimientos sociales y es una especie de laboratorio político.

¿En cuál de esas dos orillas se sitúa?
En la del laboratorio político por supuesto, porque soy una persona radicalmente aticonservadora que sin embargo siente gran aprecio por autores que hacen parte de esa tradición conservadora: por ejemplo me parece que Nicolás Gómez Dávila es una maravilla no solo para Colombia sino para toda nuestra lengua.

Pero puesto que políticamente soy de izquierda y pertenezco a un país con una tradición conservadora, mi acercamiento a esa tradición lo hago de una manera absolutamente juguetona, que me permite tratar de apropiarla para poder darle la vuelta, evitando caer en la trampa de volverme más conservador que los propios conservadores, como el caso de Fernando González -quien terminó haciendo apología del modo de vida de los jesuitas-, o el mismo Fernando Vallejo.

¿Hay quienes logren escapar de esa trampa?
Obras que no sean conservadoras, posiblemente se me ocurren la de José Felix Fuenmayor, Andrés Caicedo, los primeros trabajos de Gabriel García Márquez y Nicolás Gómez Dávila, que es un bicho raro, porque aunque se autoproclamaba como reaccionario es alguien que se intereso por el carácter sensual y erótico del cuerpo en muchos de sus escolios.

¿Qué le dejó su paso por una institución como la Residencia de estudiantes, por donde pasaron figuras de la talla deBuñuel, Dalí o Lorca?
Para empezar ahí no se estudia, o se estudia, pero en realidad es un lugar donde se beca a creadores. Yo estuve allí durante dos años a partir de 2008 y gracias a eso pude escribir dos libros; tiene sus cosas buenas y malas, pero tuve la oportunidad de conocer gente increíble de todas las disciplinas con muchos de los cuales tengo una gran amistad: artistas, poetas, matemáticos, cineastas. A mi mujer, curiosamente, también la conocí ahí.

Otra de sus facetas es su labor como crítico de arte. ¿Qué motiva ese otro interés?
Eso fue una cuestión de puros azares. Yo siempre he sido aficionado al arte contemporáneo y nunca se me pasó por la cabeza dedicarme a eso; pero gracias a mi labor como traductor me vinculé a la revista ARTECONTEXTO –duró cerca de ocho años y aunque ya no se imprime en versión impresa llegó a ser un referente importante- donde terminé trabajando en calidad de crítico.

Así que de repente algo que me interesaba de una manera tangencial, como podía serlo también la música o el cine, se volvió parte de mi trabajo y de mis preocupaciones como escritor, porque desde entonces no volví a ser el mismo.

¿Cómo se expresa esa influencia en su obra?
Para empezar hay un tratamiento plástico del lenguaje pensado como materia, que obviamente hace parte de la propia literatura –como el caso de Beckett-, y luego está la propia concepción de los libros, a modo de pequeños proyectos de arte conceptual.

¿Cómo funcionan esos proyectos?
Escribir un libro es un proceso largo, porque yo paso mucho tiempo de una manera casi azarosa, a partir de una serie de intuiciones e intereses, producto de un diálogo constante con artistas, críticos de arte o escritores, que van convirtiéndose en un registro de notas para luego terminar siendo un ensayo o una historia.

Fuente:  http://www.mincultura.gov.co/