Lectura al Sur

Cuando visite a Pasto, no olvide ir a EL PAYANES, ricuras para toda la familia. El Vergel

Cuando visite a Pasto, no olvide ir a EL PAYANES, ricuras para toda la familia. El Vergel
Cultura y libreros
Por sus manos han pasado varios de esos ocho mil ejemplares que ha vendido a precios insólitos
Álvaro Castillo, el librovejero
Por: Óscar Alarcón
“Es a la primera persona que le cuento. Este libro ya no es mío, es del país. Lo voy a donar a la Biblioteca Nacional”
Foto; cinereverso.org/
Álvaro Castillo es un librero a carta cabal. Buen lector y además sabe de libros, dos condiciones que además son muy difíciles que se den en una sola persona. Además tiene una virtud detectivesca para buscar libros raros, es decir aquellos que se publicaron hace veinte o cuarenta años y que uno solo recuerda en la nebulosa memoria y los desea para releerlos y también para verlos, por ese amor fetichista que se tiene hacia esos objetivos cuya desaparición predicen algunos. Basta con retarlo, a veces con incredulidad, para que lo consiga. Solo le son suficientes semanas y hasta meses para que lo llame a uno a darle la buena noticia. Además tiene la costumbre de conseguir que los autores les firmen los libros. Así obtuvo la primera edición de Cien Años de Soledad (y por sus manos han pasado varios de esos ocho mil ejemplares que ha vendido a precios insólitos), y logró que su amigo García Márquez se lo firmara y se lo dedicara al “librovejero”, como lo bautizó el Nobel. 

Varias tardes me he pasado en su librería, “San Librario”, en donde de pronto uno se tropieza con una edición de El Siglo de las Luces firmada por Carpentier en 1950 (“la conseguí en La Habana en mi reciente viaje”) o con un libro en italiano sobre papas que perteneció a Eduardo Mendoza Varela.

Cuando supe la noticia de que su Cien Años había sido víctima del “robo del siglo” en la Feria no me atreví a llamarlo porque sabía el dolor por el que estaba atravesando. Solo dos o tres días después le di el pésame. En cambio el pasado viernes, a las cinco y media de la tarde, cuando me enteré de que había aparecido, lo llamé inmediatamente: “Es a la primera persona que le cuento. Este libro ya no es mío, es del país. Lo voy a donar a la Biblioteca Nacional”. Me lo dijo con esa voz de desprendimiento pero también de frustración porque estoy seguro de que la Policía le ganó de mano ya que él, con esa habilidad detectivesca que lo caracteriza, lo habría hallado en cualquier parte del mundo. Esas son sus memorias de las disputas tristes a las que está acostumbrado.