Lectura al Sur

Cuando visite a Pasto, no olvide ir a EL PAYANES, ricuras para toda la familia. El Vergel

Cuando visite a Pasto, no olvide ir a EL PAYANES, ricuras para toda la familia. El Vergel
Cultura y festividades 
A sanpedriar
Por Diógenes Díaz Carabalí
El Sanpedro es la conjunción para mirar con retrovisor a los constructores de una nacionalidad no propuesta si no implementada. Por eso permanece, por eso es infiel. Por eso, a veces, es caricatura de otras esferas, de otros carnavales. Pero en su esencia se mantiene. Por ser la oportunidad de reírnos de nuestros aciertos y de nuestros desaciertos. Es el mejor mecanismo para ridiculizar nuestras extravagancias.
Me voy de San Pedro y San Pablo. Me gusta más el anterior nombre, porque lo de “Fiesta del Bambuco” nunca ha sucedido, la “Banda de los borrachos” lo que menos tiene en su repertorio es sanjuaneros; les he escuchado “la pollera colorá” o, “Quien pudiera tener la dicha que tiene el gallo/ el gallo sube,/ echa su polvorete,/ racatapun chiching/ y se sacude.” El pobre bambuco está en los museos, en las intenciones, en el rezo de tradiciones insurrectas, enterrado en la memoria indigesta de los viejos, y, eso. Sanpedriar es más vacano. En Gallego nunca hubo bambucos. “Bovea y sus vallenatos” y “Buitraguito” ponían desde sus acetatos la alegría al trozo de asado con arepa oreja’e’perro, guarrús y mistela, una bebida jarabe hecha con aguardiente, hojas de mejorana, limoncillo y bananas marca colombina. Eso era lo típico, sin que sufriéramos complejos de patriotismo, sin arredrarnos que nos llamaran montañeros, o arracacheros como despectivamente nos designaban las vendedoras de sancocho de la galería de La Plata.
De eso poco ha cambiado. Hemos pasado por Los Hispanos, Los Graduados, Pastor López, y en época más reciente el Grupo Niche. Ahora vallejarto al piso y perreo, y en los pueblos Lisandro Meza el macho para recoger polvo y ver los movimientos de las nalgas grandes de las mujeres maduras. El San Pedro ni siquiera es folklor, se ha construido en la juerga, en la celebración, en la bonanza que da la cosecha, permite unos billetes para engordar el marrano, comprar aguardiente y asegurar una radiola, hoy equipo de sonido, estereofónico, MP3. Lo típico es la celebración, el motivo de los padres para permitir que las chicas asuman papel de reinas, Alfredo Gómez organizaba reinados campesinos, los séquitos acompañan, se arman disfraces, hay afán por mostrar que se vive la alegría desbordada. Ni siquiera el Sanjuanero es tomado en su justa medida; se ha constituido en manifestación de academia involucrando trajes caros y pasos inventados por bailarines profesionales. Los demás saltamos como podemos, y gritamos.

Lo que vale es la tradición. Construida con el tiempo, herencia milenaria, ni siquiera ventilada por los españoles pues el día más largo del año, el Inti Raymi, era ya celebrado en las culturas nativas, favorable coincidencia con las celebraciones religiosas de España en honor a San Juan, San Pedro y San Pablo, para reunir una semana de fiestas, porque hay que casar a las hijas. Los negros ridiculizaron el baile clásico mal interpretados por los ordinarios señores de la conquista, y los tres terminaban jinchos de la pea, para decir que todos tenemos que ver con la celebración. Por eso, a pesar del tiempo, el San Pedro nos llama, se mantiene, se financia, se negocia. Tenemos que gritar: ¡Viva San pedro!

El San pedro y San Pablo es la fiesta del mestizaje. La interculturalidad se presenta sin rencores, en el remanso del olvido a la desgracia que significó la conquista, la imposición de una cultura agresiva sobre otra cultura vencida. El Sanpedro es la conjunción para mirar con retrovisor a los constructores de una nacionalidad no propuesta si no implementada. Por eso permanece, por eso es infiel. Por eso, a veces, es caricatura de otras esferas, de otros carnavales. Pero en su esencia se mantiene. Por ser la oportunidad de reírnos de nuestros aciertos y de nuestros desaciertos. Es el mejor mecanismo para ridiculizar nuestras extravagancias.