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Cultura y Educación
Kirigami: un arte que transforma 
la educación pública de Bogotá
Fotos Julio Barrera
Solo se necesitan papel y tijeras para formar el ser de los estudiantes y promover en ellos actitudes de respeto, tolerancia y sana convivencia. Así lo comprobó esta iniciativa del colegio Simón Rodríguez, en la que el arte se convirtió en un aliado estratégico de la educación que reciben niñas y niños en la Jornada Completa de Bogotá.
Todas las tardes, en medio del bullicio y el tráfico incesante del sector de Chapinero, un salón del último piso del antiguo edificio amarillo del colegio Simón Rodríguez abre sus puertas para que los estudiantes se transporten al lejano oriente a través de una hoja de papel. Con la habilidad de sus dedos y la claridad de su pensamiento, estos jóvenes convierten este sencillo elemento en una pequeña obra de arte.
Lo logran a través del Kirigami, un milenario arte japonés en el que se crean figuras de papel realizando cortes precisos, en el que los estudiantes de esta institución pueden profundizar gracias la Jornada Completa de Bogotá, que trajo más tiempos y más aprendizajes a niñas, niños y jóvenes de los colegios públicos de la ciudad.

Esta forma de meditación llegó al colegio por iniciativa de Carlos Eduardo Angulo y Omar Romero, dos docentes inquietos por las artes, que encontraron en el Kirigami una alternativa para ayudar a mejorar la convivencia y fortalecer los procesos de pensamiento de los estudiantes.

“En la cultura japonesa todo trabajo es un ritual. Primero uno respira profundamente y se concentra para que empiecen a fluir las ideas de lo que nos preocupa, hasta vaciarse de todos esos sentimientos. Ese es el momento justo para empezar a trabajar y es lo que tratamos de hacer en la clase de Kirigami”, dice con voz pausada el profesor Carlos, mientras muestra con orgullo varias hojas de papel en las que sobresalen castillos, serpientes y laberintos.

El Kirigami consiste en crear figuras sobre el papel ‘dibujando’ con las tijeras. Viene de las palabras japonesas: kiru (cortar) y gami(papel), y a diferencia del Origami, su ‘primo’ cercano, las figuras no se forman doblando el papel, sino cortándolo.

La concentración, la planeación y la precisión son las bases de esta actividad que ayuda a los jóvenes a centrar sus ideas y a invertir dedicación y empeño a una actividad que, sin que sean conscientes de ello, les ayuda a mejorar sus habilidades artísticas y a conectarse con el ‘yo’ interior.

“Para esto se necesita mucha concentración; uno se puede demorar hasta cuatro días haciendo uno de estos dibujos. Eso es chévere porque pide mucho de tu mente”, comenta Carol Ortiz. Junto a ella, 14 estudiantes más dibujan, borran y cortan grandes pliegos de papel.

A simple vista es una clase más de artes plásticas, pero en el ambiente de aquel iluminado salón queda claro que allí, más que cortar papel, se construye una nueva forma de sentir el mundo.

Cuando el arte transforma personas y aquieta espíritus
En el salón del último piso de aquel edificio nadie grita ni pelea. Todos se alistan para trabajar, y entre las risas y chanzas normales de una clase, los estudiantes se disponen a crear con sus manos. Es evidente que lo hacen porque les gusta y no porque alguien se los impone.

“Cuando uno le permite a una persona expresar lo que siente bajan los niveles de agresión. Eso ha sido posible en el colegio con el apoyo de los docentes y de la rectora Rosario Buelvas. Antes teníamos unos niveles de agresividad grandísimos, pero ahora todo cambió y, en este proceso, el arte jugó un papel definitivo, pues estamos convencidos de que todas las expresiones artísticas forman mejores ciudadanos”, comenta el profe Carlos.

Desarrollar y afianzar habilidades en los estudiantes como el razonamiento matemático, la motricidad fina y la creatividad, entre otros, y conseguir que su concentración y energía se explote en el aula, son los principales logros que el Kirigami ha traído a quienes participan de esta clase.

Es por eso que en el Simón Rodríguez están convencidos de que, más allá de las cartulinas con imágenes en tercera dimensión, esta experiencia es ejemplo de muchas cosas.

“Dos grandes proyectos nos han permitido llegar hasta donde estamos: las Iniciativas de Transformación Ciudadana y la Jornada Completa. En primer lugar, creemos que desde el arte es posible desarrollar procesos de ciudadanía y convivencia y esta experiencia es un claro ejemplo de ello. Y en segundo lugar, al tener más horas de clase, hemos podido ver cómo estos procesos han fortalecido tanto la calidad académica de nuestro proyecto educativo, como la calidad de vida de nuestros estudiantes. Eso es algo invaluable”, asegura el profesor Carlos.

Harry García, de 15 años, es otro de los estudiantes que todas las tardes de 2:00 a 4:00 p.m. se sienta a trabajar en el arte del Kirigami. Aunque lo suyo es el fútbol, le gusta esta clase porque ve cómo sus otros compañeros han podido encontrar algo que los apasiona.

“Al principio nos costó trabajo acostumbrarnos a estar más horas en el colegio, nos daba sueño (risas) pero luego nos dimos cuenta que es muy bueno. Los centros de interés son lo mejor porque la gente hace lo que le gusta: el deporte, el dibujo o lo que les llame la atención. Eso no lo teníamos antes y creo que ahora tenemos más oportunidades de hacer grandes cosas a través la Jornada Completa”, dice Harry, que espera convertirse en ingeniero industrial.

Así como lo aseguraba el filósofo, escritor y pedagogo Simón Rodríguez, de quien esta institución educativa tomó su nombre, existen diferencias entre instruir y educar, pues más que una transmisión de conocimientos elementales, la escuela debe ser un medio idóneo para la formación integral del hombre.

En eso cree fielmente esta comunidad educativa que hoy ve aquellos pensamientos plasmados en su proyecto educativo institucional. “Si algo ha hecho este proyecto es retomar a la persona, no solo a nivel intelectual, sino también a nivel físico y espiritual”, comenta el profesor Carlos, justo cuando una clase más ha llegado a su final.

Educando para Ser
Al finalizar la clase todos se despiden con cariño del profe Carlos. Harry asegura que más que su maestro, es su amigo. “Él lo entiende mucho a uno, y uno como adolescente se entiende mucho con él, por eso disfruto de todo lo que me enseña, lo respeto y le hago caso porque no quiero fallarle ni como estudiante ni como amigo… No me gustaría perder esta amistad con el profe”, dice el joven.

Carlos, por su parte, termina de recoger las obras de arte de sus estudiantes. Las guarda con mucho cuidado, sabe de quién es cada una de ellas y a todas les encuentra una cualidad. Atrás quedaron los años en donde la rigurosidad era su herramienta para educar.

“Mis alumnos me han cambiado mucho. Antes era muy exigente, muy estricto, ahora soy flexible, soy como el amigo de ellos. Los corrijo pero no desde la normatividad sino desde la fuerza de la palabra y la comprensión, y, por supuesto, desde el arte que siempre lo llevará a uno a descubrir nuevos caminos”, concluye el profe Carlos con una sonrisa en los labios mientras saluda al profe Ómar, su colega y compañero de aventuras, que llega para saludarlo.

De nuevo en el bullicio e incensante tráfico de Chapinero, estudiantes y docentes toman diferentes rumbos. Mañana por la tarde se encontrarán otra vez en el salón del antiguo edificio amarillo con la certeza de que la educación va más allá de memorizar o instruir, pues como lo solía decir el mismo Simón Rodríguez, “lo que no se hace sentir no se entiende, y lo que no se entiende, no interesa”.

Por Paula Fuentes B.
Fotos Julio Barrera

Fuente: SED