Lectura al Sur

Cuando visite a Pasto, no olvide ir a EL PAYANES, ricuras para toda la familia. El Vergel

Cuando visite a Pasto, no olvide ir a EL PAYANES, ricuras para toda la familia. El Vergel
Cultura y Opinión
Vacío incólume
Por Diógenes Díaz Carabalí

Hace ya mucho tiempo que mis padres partieron. Mi padre, treinta años; mi madre, diecisiete. Pero los sueño con frecuencia, veo sus figuras remozadas como si en el tiempo hubieran retrocedido para estancarse en un juvenil reposo. Sin duda tengo estos encuentros oníricos con profana frecuencia a mi edad dignidad y gobierno, cuando no debiera pasarme. Pero ahí están ellos. Vienen, y juntos rememoramos la vida, ó, tiran de mis orejas frente a mis equivocaciones. Como he vuelto a rezar, aunque parezca extraño, los despido con un padrenuestro y siento la sensación de que regresan a su paz eterna.

Los encuentros más insistentes son con mi padre. Mantiene su locuacidad, su humor repentista, sus carcajadas bullosas. Muchas veces mi esposa me pide explicación, que no la tengo, sobre por qué he reído tanto mientras dormía. Jamás se ha presentado en signo de tragedia ni de tristeza, tampoco su presencia me causa espanto. Él sabía disimular con una anécdota chistosa la adversidad; ni cuando estoy deprimido o cargo una dificultad personal o de la casa me evita sonreír su recuerdo. Viene de algún lugar, cargado de lozanía, y se pone a caminar a mi lado; o se sienta conmigo en algún taburete para compartir lugares comunes, algo que ambos conocemos y añoramos.

La presencia de mi madre es más esporádica. Lo psicólogos dicen que la fijación post-duelo es más frecuente con el ser querido que antecede el fallecimiento. No sé. No lo tengo claro ni me interesa. Lo cierto es que con ella siento una tranquilidad inmensa. Los católicos creen que viene del descanso logrado después de una vida dedicada a su Dios. Dice un teólogo que el hombre alcanza su salvación mediante el trabajo por aquello de que “con el sudor de tu frente conseguirás el pan”. La mujer, “con dolor parirás a tus hijos”, y ella sí supo de dolor al parir trece. Por lo tanto, si nos atenemos al cielo cristiano, en él ocupan puesto.

En general, no son imágenes vividas ni remembranzas como tal; más bien hechos evocados, ansias de acontecimientos, conjugación de fantasías. Los escenarios son extraños, muchas veces con un vacío incólume, desconocidos; lugares floridos, lagos azules, crepúsculos otoñales, playas pobladas de palmeras; sitios atractivos nunca vistos, jamás buscados; simplemente interactuamos con ellos, aparecemos en medio, vivimos en ellos con tranquilidad desconocida. Y cuando despierto, siento que he estado allí; que volveré a aquellos lugares, que desde allí me sonríen, que desde allí me esperan.

No sé cuándo parta. Lo cierto es que he perdido el miedo a la muerte. Había algo que nunca pude superar: la soledad. Hoy puedo estar tranquilo en un sitio aislado, puedo vivir la oscuridad con los ojos abiertos, puedo meditar en medio de la noche sin que la ansiedad me haga salir de la realidad. Puedo ir tranquilo por un camino, entrar a una caverna, transitar una carretera, sumergirme en el mar, avanzar por una calle solitaria, sentarme bajo un alero, detenerme en una esquina, caminar por un parque, permanecer en un recinto con un libro entre mis manos. No sé cuándo superé tal psicopatía, la que me llevó a ser un ratón de biblioteca para poder sentir que alguien cerca respiraba. Hasta podía contar los latidos de un corazón reposado, mientras mi lapicero se deslizaba sobre una hoja en blanco para escribir ocurrencias que hoy muchos llaman creaciones literarias, y que todavía no me convencen.