Lectura al Sur

Cuando visite a Pasto, no olvide ir a EL PAYANES, ricuras para toda la familia. El Vergel

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Cultura, critica, análisis y arte cinematográfico
Convocatoria de la revista Letraceluloide
Revista virtual que contiene comentarios de profesionales en el campo de la cultura, sobre películas basadas en textos literarios. El visitante descubre -o redescubre- versiones fílmicas y textos de diferentes épocas, nacionalidades, valoración crítica o histórica, como, así también, distintos escritores y cineastas.

La revista digital Letraceluoide está preparando el número 51 (marzo de 2016) de su revista (ISSN: 1851-4855), Desde noviembre de 2007 esta revista se dedica a la publicación de reseñas de películas basadas en textos literarios. Tiene abierta una convocatoria para aquellos investigadores, críticos o analistas que deseen participar. Las reseñas (entre 400 y 1000 palabras) serán recibidas hasta el 20 de marzo de 2016. Visite aquí esta interesante revista (número 50) (http://letraceluloide.blogspot.com/ de la que reproducimos una análisis de la película colombiana "El Abrazo de la Serpiente", nominada al Oscar a Mejor película extranjera.
Cine resistencia: una película para el proyecto de identidad latinoamericana. El abrazo de la serpiente. Director: Ciro Guerra. Colombia, 2015. Guión: Jacques Toulemonde, Ciro Guerra. Elenco: Brionne Davis, Nilbio Torres, Antonio Bolívar, Jan Bijvoet, Nicolás Cancino, Yauenkü Migue, Luigi Sciamanna. Por Franco Denápole: Estudiante de la carrera de Letras, UNMDP.


Theodor Koch-Grünberg, etnólogo alemán nacido en 1872 realizó en 1924 una expedición al Amazonas de la que nunca regresó. Richard Evans Schultes, 20 años más tarde, viajó a la misma región para estudiar variedades de caucho útiles para su utilización en la Segunda Guerra mundial, por parte del ejército estadounidense. Ciro Guerra cuenta ambas historias en paralelo, mediante una alternancia de dos núcleos narrativos separados en tiempo pero unidos por las espejadas aguas del Amazonas. El guion del colombiano adapta los diarios de viajes de ambos expedicionarios, pero narra desde otra posición, recuperando la cultura de los pueblos amazónicos, sepultada tras los delirios de las misiones y las caucherías. Cruzando ficción y realidad, el filme hace penetrar lo maravilloso a través de la sabiduría indígena. La dimensión del sueño, que posee un papel primordial en las creencias autóctonas, se manifiesta como espacio de devenir, que abre un puente entre lo uno –los protagonistas blancos- y lo otro –el espíritu de la selva, la serpiente milenaria del mito nativo del origen.

Lo que salta a la vista inmediatamente a la hora de enfrentarse a este filme, es su calidad y profundidad estética, sostenida por un pilar fundamental: la convivencia de una doble categoría tiempo-espacial. Por un lado, el viaje de los expedicionarios marca el ritmo narrativo de un cronotopo del camino: no un caballo, sino una una canoa, que sigue el Amazonas guiada por la cadencia de sus olas y por la respiración de la selva, transporta a los protagonistas. En cada parada se da un episodio particular que funciona descolocando a los no nativos, enfrentándolos a una alteridad radical, ante la cual se desmontan y se recomponen. Se da un fenómeno de desarticulación y rearticulación de la consciencia: la metáfora del camino funciona en este caso simbolizando el proceso de mutación que produce el contacto dialógico con lo otro. A medida avanza la historia –progresa el tiempo, se traslada la canoa- crece un conflicto dentro de la mente de los dos hombres blancos: recordar su vida en civilización y aferrarse a sus objetos mundanos –reterritorializar, según el concepto de Gilles Deleuze- o responder el llamado selvático y perderse a sí mismos en un movimiento de fuga, o desterritorialización. 

Para Karamakate, el indígena que acompaña a ambos expedicionarios en dos etapas distintas de su vida, ambos deben despojarse de los objetos -¿del deseo?- para dejar de ser un chullachaqui, o cuerpo vacío que yerra sin destino. La renuncia que exige la sabiduría indígena implica, en cierto punto, la destrucción del doble. Con la intrusión de la muerte entra en juego un segundo cronotopo: el del umbral. 
El viaje a una región desconocida, que se construye mitológicamente como dimensión maravillosa, se figura para los dos aventureros como un viaje hacia la muerte y la nueva vida. Koch-Grünberg, incapaz de olvidar su vida en sociedad, conserva sus pertenencias, imposibilitando el advenimiento de un sueño proverbial e iluminador. De esta forma, queda estancado (inmovilizado, anquilosado en una posición estática) y muere en la selva. En cambio, hacia el fin de su viaje, el personaje de Schultes se conecta en un nivel espiritual y metafísico con la naturaleza, y atraviesa el puente que une la energía mística de la creación –el mito de la serpiente- y la materialidad del cuerpo. Su muerte-en-vida marca el principio de un renacer purificado.



En una entrevista con Revista Arcadia, el director cuenta que quería “hacer una película que descubriera el alma profunda de una inmensa zona geográfica de Colombia, una región que, para muchos, pareciera ser otro planeta” (http://www.revistaarcadia.com/impresa/cine/articulo/la-nueva-pelicula-ciro-guerra-el-abrazo-serpiente/39963). En efecto, y como hemos dicho, uno de los temas principales del bellísimo filme de Guerra es el conflicto entre lo uno y lo otro, representado en este caso, por la relación entre los indígenas y los forasteros –en donde funciona excepcionalmente el contraste de lenguas: el alemán y el inglés, el español, y el autóctono. En oposición a las películas de Werner Herzog –Fitzcarraldo o Aguirre, the Whrath of God- que presentan una visión colonialista, propia de la percepción europea, El abrazo de la serpiente adopta la posición de lo otro, y contiene, tanto en su forma como en su contenido, la cultura amazónica. 

El filme, protagonizado por indígenas autóctonos –pues, como dice el director, es más fácil enseñar a un indígena sobre cine que enseñar a un actor a representar a un indígena- no es valorable solo en tanto largometraje de gran coherencia estética, sino también como proyecto político/ideológico: de realizar un cine atravesado por un sentir-distinto, un sentir minoritario. En este sentido, su película se conforma como lo que Deleuze llama un bloque de devenir. Específicamente, como lo que podríamos denominar un devenir-amazonas: entrar en la selva, dejar que ella fragmente nuestro modo de percepción habitual, perderse en la inmensidad de esa serpiente gigante que es el río. 

En otras palabras, su acierto más grande no es su capacidad de captar la selva desde un punto de vista cinematográfico, sino entender el cine desde un sentir-selvático: concebir un cine-otro, cine autóctono o cine menor, que carga con los afectos del misticismo aborigen, sin reducirlo a una categoría superficial, o condenarlo a una posición secundaria. Como cuenta Antonio Bolivar, quien interpreta la versión anciana de Karamakate, en una conferencia de prensa posterior a la proyección del filme, el objetivo principal de la película es recuperar una cultura –una cosmovisión, una forma de ver, un devenir- a través de la memoria, y dejar como legado la cuestión del origen. En el filme, hay algo que insiste, desacomodando al sujeto, atravesando el espeso tejido simbólico que ha engendrado para él la civilización. La instancia de efectuación de esta ruptura es el sueño. 

Lo onírico funciona como umbral, espacio de muerte y renovación, y territorio-otro donde ese sentir-indígena, reprimido por la lógica europea, emerge. Desde esta perspectiva, el largometraje en cuestión se erige como una pieza audiovisual de resistencia, invaluable para el enriquecimiento de la identidad latinoamericana.